Tanto en la iglesia como en la vida, podemos tener una gran actividad, pero poco crecimiento y movimiento espiritual. Sin una visión clara, terminamos a la deriva y nuestra motivación disminuye. El querer hacer todo, termina sofocando y estrangulando nuestro tiempo. Por eso, es fundamental reconocer que no todo tiene la misma importancia y enfocarnos en lo que realmente importa. Debemos aprender a simplificar nuestra vida, para dirigir nuestro corazón, nuestras energías, nuestro tiempo y nuestros recursos hacia quienes aún no tienen a Cristo. Esa es la mejor manera de alinear lo que hacemos con aquello que Dios quiere que hagamos.